domingo, 28 de septiembre de 2008

Pequeña historia sin barníz. cuasi homenaje a algunos letrados. a descubrir.

ANDÉNITA Y LAS MOSCAS

Ella le dijo: "sinceramente, gus...."
él: "a ver, qué pretende usted de mÍ?"
"Adueñarme de su alma,y de sus pantalones verdes."
"A ver, y si yo le dijera que usted tiene patas de ganso?"
"Lo corroboraría públicamente"

Así, Leónidas se movió sumisamente por la calle un par de centímetros, y su batón se ensució de mermelada.
Andénita miraba todo el tiempo para arriba, y veía locarnitas cruzando por el cielo.
Esa tarde noche el cielo tenía un cierto sabor avioletado que lo hacía encantador para una cita.

El abogado y el juez entraron al bar por detrás de ella, casi tocándole el culo, y se dieron cita en una mesa cerca del baño.
El bar era tan chico que Andénita tuvo que sentarse en el excusado, y le dijo al abogado:
"Señor Cuervo, gus...."
"Quítese de en medio señorita..."
"Señora..." corrigió la moza, que llevaba puestas unas calzas de piel de lagarto feudal.
"Se refería a mí, Andénita Giuti"
"Presente"
"Dígalo usted", le pidió el juez a la mujer casada.

Pero la moza ya no estaba porque su turno había acabado y había sido censurada.
Tocándole una oreja al juez, el abogado sollozó unos versos de Epicuro, diciendo que el inglés es siempre el mejor idioma para el amor, y para las transacciones judiciales, como en las películas de Clint Eastwood, creo, o en esas en la que salen abogados en su juicio.

Andénita, enterrada hasta la mandíbula en una montaña de azúcar, lloraba a gritos por Leónidas, a quien realmente amaba.
"Tranquilícese usted" "O le deberemos cobrar el té""Tomate el té, Andénita". Cuando evidentemente todavía no había ningún té, ya que aún no lo habían pedido.

"Ah, gracias por avisar", contestóle la cristiana y pidió una jarra de limonada con cilantro.
"Y yo un paquete de caramelos" En ese momento los dos magistrados y señores de lo legal se pararon en las mesas y gritando por un tubito hecho con las carpetas decían:
"Señora Andénita, eso no se le puede permitir!"

La chica gris corrió y corrió por toda la avenida séptima y llegó a una torrecita en la que un señor regalaba chasquis en las manos si le decían su nombre. "Métase acá y no hable mucho".
Y la escondió en su maleta, de donde no salió más porque se estaba muy bien ahí.

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