domingo, 21 de noviembre de 2010

Coral blues


Esa mañana me levanté en el aire y supe que vendría. Saqué la bici y huí, volé hacia lugares donde sabría que podría encontrarlo primero. C'est la vie, sabía que iba a encontrarlo allí.
Entre al mercado de San Telmo y miré en todos los puestos: tenía que estar ahí. Como escuchando discos no estaba, probé entre muebles antiguos; pucha, tampoco. Entre sombreros y revistas no encontré más que polvo. Pero ahí, entre la fruta, ahí estaba.
"Te estaba buscando, Markie."
"My candygirl, where were you?!"
"Mark, no te hagás el estúpido que sabías que yo sabía que venías a Buenos Aires."
"Es verdad, tesoro. No te avisé. No podía, no me animaba."
"Pero Mark, qué te pasó... además, cómo podías suponer que yo no sabría, que no iba a adivinarlo. Alguno me diría. O Toni o la ecuatoriana. Te iba a encontrar."
"No es nada, es sólo que..."
"Qué pasa, no me querés ver? Es eso, no me querés ver más?"
"Honey, es solamente que... No puedo decirte ahora. Vamos a tomar algo. ¿Estás ocupada?" Estúpido, sabría que venía a buscarlo. Sabría que estaba sin trabajo. Sabría que lo estaba esperando, si no fuese porque seguramente no leyó mi último mail.
"Mark. No estoy ocupada. Vamos a casa, te hago de comer."
Llevó unos duraznos y unas manzanas y tuve que arrastrarlo para que me aceptara invitar a mí.

Debimos habernos dormido medio siglo, porque cuando despertamos, tenía la rubia barba crecida unos centímetros y su pantalón a rayas azul y blanco arrugado. Estaba descalzo y con el torso desnudo, y dormíamos al rayo del sol que entraba por la ventana de cortinas de crochet. Preparé cafés en la máquina que otra vez él me había traído de Vancouver, recuerdo de su madre, que se moría de ganas de conocerme, y bajé corriendo (con una solerita puesta, nada más, recuerdo) a la panadería de Pedro a comprarle unas mediaslunas con azúcar impalpable. Era lo menos que podía hacer por él después de que había pasado los últimos dos meses en el norte y las últimas dos semanas aisladísimo de todo. Cuando se despertó se quedó leyendo el diario de hace unos ocho días que alguno de mis alumnos se había dejado arriba de la mesa... estaba tan lindo con su pelo rubio mal cortado y esos lentes marrones que, dios mío, lo hacían parecer de principio de siglo. "Rubio hermoso", pensaba siempre. "Cordobesa chuncana", me reía para mí misma, total, él no iba a saberlo.
"Mark, quizá deberías traerte las cosas para acá. No tengo problema en que te quedes en mi casa, si querés yo puedo dormir en el comedor."
"A mí me parece que mejor sería que nadie durmiera acá, no sé, ¿te parece?"
"Me parece, sí, me parece..."
Descalzo, amaba andar descalzo, se fue hasta la pizzería y trajo una napolitana para almorzar y una rubia para tomar. Nos volvimos a dormir toda la siesta, tanto era el calor que hacía y lo cansado que estaba y lo desocupada que andaba yo por ese entonces, es decir, el mes pasado.
Ahora parece que hubieran pasado otros dos siglos, desde aquel entonces.
Qué desgraciado este gringo, no se va más y mi casa es un desastre. Hace días que no tengo alumnos, pero estamos de eternas vacaciones pagadas gracias a los pesados dos meses de trabajo en el desierto. No sé incluso si su familia sabe que está acá conmigo, pero lo que soy yo, lo tengo secuestrado y terminantemente prohibido hablar de irse. Igualmente él sabe que acá tiene casa, por lo menos hasta que empieze el año y yo pueda retomar actividades normalmente, cosa para la que parece faltar muchísimo.
Mientras tanto, descalzísimos.

6 comentarios:

Mojik! dijo...

la bicicleta fue la culpable!! :)

Meliquina. dijo...

Jajaja, siii, es verdad. En realidad, sí, porque el cuento se originó cuando vi una foto hermosa de una chica en bici. :)

Manuel Apáz dijo...

me gustó dezcalsisimos

me gustó descalsisimos dijo...

me gustó descalsisimos

Anónimo dijo...

Definitivamente es un blues.
A mi tambien císimos.
Soledad.

Meliquina. dijo...

Soledad? A.?