¿Es demasiado pedir si me levanto alguna mañana deseando que mi reloj haya perdido consistencia hasta fundirse a los pies de mi cama, el sol haya prefierido tapar su carita con factor 31, y el apuro de ser una misma se diluya rosáceamente dentro de una solución de agua y felicidad...?
¿Qué tal si ese día yo decido en voz alta irte a visitar, así, sin sentido, a tu casa -que no sé en dónde queda- y decirte: hola, sí, soy yo -desde el balcón- y pedirte la mano, como si yo fuese el Romeo del que vos no tomás conciencia de poder llegar a ser...?
Y este Romeo con faldita, puro tules y carmín, te convida al baile de tus sueños, en donde ratones con patines y margaritas cantoras deslizan villancicos veraniegos en tu corazón.
Y debe ser así, entonces, que la gente llega a la luna, bailando, y cantando y amando. Elevándose, con cánticos mágicos y rituales de miel y hojas de menta. Tragos dulces y algo picantes, chispeantes y coloridos. Mágicos.
Y en el baile te invito a besarme, te ofresco ser tu amiga para siempre, cuidarte y beber de mis cabellos. Pero yo no soy Romeo; Romeo es un personaje de teatro y nosotros somos dos peces nadando contra la corriente. Somos Li y Na, somos vos y yo. Y el cielo. Y al lluvia de roclets de cientos de colores inimaginados, que sentimos en la piel, como las mariposas. 

Es hora de irse, cariño. Ya va a salir la Luna de la cueva y querrá bostezar y no queremos ser tragados por ella. Queremos vivir eternamente el día, ¿verdad mi sol?
Volvé a tu balcón alto y yo a mi cama de nubes de néctar y volveremos a ser felices, como mejor lo somos, soñando...