sábado, 28 de enero de 2012

¿Qué hice?

Salí a fumar al patio. Me dieron ganas de orinar y oriné debajo de los arbolitos. Fumé un cigarrillo de flores blancas. Luego dejé el cadáver sobre la mancha en las hojas grises. Volví. Traía en una mano tus cartas. Dos cartas largas. Las destrocé en pedacitos. En la mancha ya seca, los deposité, arrojé alcohol y puse la tuca coronando la pira. Encendí. Ví cómo ardían las viejas palabras. Arrojé dos caramelos de dulce de leche, dulces que no ibas a comer. Veía las palabras danzar y morir, como bailarinas exóticas, dulces y vengadoras. Se resistían a morir. Por eso tuve que ayudarme de algo para terminar de quemar todos los restos. Cuando el fuego se apagó, luego de una lucha de minutos que empezó cuando la llamarada alcanzó el medio metro de roja y azul frescura, y culminó con una tierna llamita durmiente, hija fénix del rencor, me sentí feliz. Corrió una breve brisa de viento fresco. De las palabras que recogí, estoicas ante el fuego, me sorprendió leer -o armar con sus restos - "ilusión", "pero", "mi abuela", "perder", y "divertido", además de un minúsculo espacio en blanco. ¿Serán esas palabras nuestras? Nuestras. Qué tremenda estupidez. No puedo sacarme el aroma de esas hojas muertas de la nariz. Flores y hojas muertas.

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